I. El Imperio de las Cenizas Blancas
En la tierra de Aethelmar nadie recordaba el color del sueño. Durante mil doscientos ciclos, los dos soles gemelos —Auros el Tirano y Solis la Ciega— no habían descendido jamás tras la línea de las montañas de alabastro.
La luz perpétua no era un milagro; era una tortura blanca. La hierba nacía seca como esparto, las fuentes manaban agua tibia que sabía a azufre y los hombres morían antes de los cuarenta años con la mirada velada por cataratas de cal y las sienes desquiciadas por el zumbido incansable del mediodía.
En las faldas del volcán Durak, dentro de una gruta basáltica donde el calor de la tierra competía con el ardor del cielo, vivía Valdemar. Había perdido los ojos hacía cuarenta años, cuando una esquirla de obsidiana al rojo vivo le quemó las pupilas. Pero los herreros del norte decían que Valdemar no necesitaba luz terrenal: oía el murmullo de los metales, distinguía el carbono del hierro por el timbre del yunque y sabía cuándo una hoja estaba sedienta con solo oler el vapor del foso de temple.
II. El Mineral sin Reflejo
Fue en el solsticio de las dos coronas cuando los heraldos del Emperador Sol descendieron a la gruta. Traían consigo un cofre forrado de plomo de cuatro pulgadas de grosor, custodiado por doce paladines con armaduras doradas que deslumbraban como espejos.
—El Emperador ha enloquecido de luz, forjador —dijo el capitán, arrodillándose sobre la ceniza volcánica—. Ha conquistado todas las tierras conocidas, pero no puede dormir. Lleva siete lunas encerrado en una cámara de granito sin ventanas, arañándose los párpados. Te envía el Corazón del Vacío, un meteorito caído hace tres eras en el mar salado. Tu misión es forjar una hoja como jamás conoció hombre ni dios.
Abrieron el cofre.
Valdemar extendió sus dedos nudosas, cicatrizados por miles de quemaduras. Al rozar el mineral, un escalofrío de quietud atravesó la cueva. La piedra no reflejaba la lumbre de las brasas; parecía devorarla. Era más fría que el invierno que los ancianos describían en los cantares de gesta, y de su porosidad emanaba un olor a vacío primordial, a silencio de abismo estelar.
—¿Qué pide el Emperador a cambio? —preguntó Valdemar con voz sorda.
—Pide una espada que corte la luz. Una hoja que abra un tajo en el firmamento para que el fuego descanse.
III. El Canto del Yunque
Durante cuarenta días y cuarenta noches —medidas únicamente por el latido de su propio pulso—, Valdemar no abandonó la fragua.
Alimentó el fuego no con carbón mineral, sino con raíces de roble milenario regadas con grasa de ballena blanca. Cuando la piedra negra alcanzó el color de una brasa violeta, la colocó sobre el yunque de meteorito y levantó su maza de diez libras.
¡Clang!
El primer golpe no produjo un chasquido metálico; produjo un trueno hondo, como si la espina dorsal del mundo hubiera vibrado un milímetro. Con cada martillazo, chispas de fuego morado salían despedidas hacia las paredes de la gruta, adhiriéndose a la piedra como constelaciones diminutas.
Para templar el acero cósmico, Valdemar rechazó el agua y el aceite.
—El hierro de la sombra no se sacia con líquidos terrenales —murmuró el anciano—. Solo se calma con el llanto de quienes han deseado la muerte y no la han hallado.
Durante tres días, los siervos de las minas, los leprosos de las canteras y los ciegos de la comarca acudieron en romería a la gruta, vertiendo sus lágrimas en un cuenco de basalto pulido. Cuando la hoja estuvo al rojo blanco, Valdemar la sumergió en aquel estanque de dolores.
El foso no rugió en vapor caliente. Soltó un suspiro de aire gélido que congeló las barbas del anciano y cubrió el yunque de una escarcha plateada.
IV. La Primera Sombra
La espada medía cuatro pies de empuñadura a punta. No brillaba. Su filo era tan fino y oscuro que parecía una hendidura en la tela de la realidad, una grieta hacia la nada donde el ojo no encontraba descanso.
El Emperador Sol en persona acudió a la forja, escoltado por toda su corte. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las mejillas hundidas, la corona de oro torcida sobre su frente febril.
Tomó la empuñadura de cuero de dragón con ambas manos. La espada era tan ligera como el humo, pero su presencia pesaba sobre la cueva como una catedral de piedra.
El monarca salió a la explanada volcánica, bajo el resplandor brutal de los dos soles que caían a plomo sobre el desierto. Levantó la hoja negra hacia el cenit, donde Auros y Solis se cruzaban en su danza abrasadora, y con un alarido de agonía y desafío, hendió el aire de izquierda a derecha.
El cielo no se rasgó con un trueno. Se abrió con un siseo suave, como el de una seda que se desgarra en la penumbra de un dormitorio.
Por la hendidura comenzó a manar un torrente de terciopelo azul oscuro, tachonado de diminutos diamantes de hielo. La luz implacable retrocedió. La temperatura del desierto se desplomó quince grados en un suspiro. Los pájaros callaron, asombrados, y sobre los campos calcinados descendió por primera vez en doce siglos un rocío fresco y silencioso.
El Emperador cayó de rodillas sobre la arena que se enfriaba, soltó la espada y cerró los ojos. Antes de que el sueño lo reclamara, sonrió como un niño agotado.
En la boca de la caverna, el viejo Valdemar levantó su rostro ciego hacia las primeras estrellas de la historia del mundo y, por primera vez en cuarenta inviernos, sintió la caricia pacífica de la noche.