Catálogo Literario
🚂Cuentos Surrealistas & Realismo Mágico

El Tren de las Estaciones Perdidas

Un convoy nocturno que solo detiene su marcha en los andenes del «qué hubiera pasado»

7 min de lectura~1540 palabras
Cita del Relato

“Todos llevamos dentro un cementerio de bifurcaciones, de trenes no tomados y cartas nunca enviadas.”

I. El Andén Cero

En la terminal central de ferrocarriles de la ciudad, entre la vía trece y el viejo depósito de carbón clausurado en los años sesenta, hay un desvío cubierto de ortigas y dientes de león. Ninguna pizarra electrónica anuncia salidas desde allí; los guardagujas veteranos juran que los rieles terminan en una topera de hormigón a cincuenta metros.

Pero si te quedas en la estación hasta las 04:04 de una noche de niebla —cuando los trenes de cercanías duermen en las cocheras y los únicos seres despiertos son los barrenderos y las almas en pena del insomnio—, el aire huele de pronto a eucalipto mojado y carbón vegetal de encina.

Primero se oye el silbato: un lamento agudo de bronce afinado en mi menor. Luego, emergiendo de la bruma como un cetáceo de hierro forjado, aparece el Aeterna Express. Sus vagones son de caoba barnizada con molduras doradas, iluminados por dentro con farolillos de gas que proyectan sombras alargadas contra las cortinas de terciopelo esmeralda.

No frena con el chirrido áspero del acero moderno; se desliza como si los raíles estuvieran untados con mantequilla tibia.

II. El Revisor de las Vidas Paralelas

La puerta del furgón central se abrió con un chasquido neumático. Por la escalerilla de latón descendió el revisor. Era un caballero enjuto, con uniforme azul marino de botones de nácar, bigote cano encerado en puntas y una linterna de aceite colgada del pecho.

En lugar de reloj de bolsillo, llevaba en la solapa una brújula cuyas agujas giraban alocadas buscando nortes emocionales.

—¿Viaja usted esta noche, don Mateo? —preguntó llamándome por mi nombre sin haberle visto jamás en mi vida.

—Yo... no tengo billete —balbuceé, apretándome el abrigo raído contra el frío de la madrugada—. Ni siquiera sé hacia dónde se dirige este convoy.

El revisor sonrió con una melancolía infinita, sacó unas tenacillas de picar billetes de su chaleco y me hizo un gesto afable con la mano enguantada.

—En el Aeterna no se paga con papel moneda, caballero. El precio del pasaje es una duda que no le deje dormir. Y las paradas... bueno, las paradas son los pueblos donde usted habría vivido si hubiera tenido el valor de decir «sí» o la prudencia de decir «no». Suba. El té está servido en el coche comedor.

III. La Parada de Puerto Olvido

Subí como quien camina en sueños. Adentro, el vagón estaba habitado por una veintena de pasajeros silenciosos. Ninguno miraba las pantallas de sus teléfonos; todos contemplaban el cristal oscuro de las ventanillas, donde no desfilaban postes de telégrafo ni túneles de hormigón, sino fragmentos de cielos estrellados que flotaban entre las copas de árboles gigantescos.

A las 04:28, el convoy redujo la marcha. La campana de bronce de la locomotora repicó dos veces.

—Estación Puerto Olvido —anunció el revisor con voz pausada por el altavoz de latón—. Correspondencia con la vida donde usted no vendió la casa de sus abuelos para pagar las deudas del casino.

Un anciano sentado frente a mí, con las manos llenas de manchas de la edad y el traje arrugado, se puso de pie con lentitud. Miró por la ventana. En el andén de tablas de madera iluminado por candiles de carburo, una mujer de cabellos plateados sostenía un cesto de higos frescos y un perro labrador movía la cola junto a una barca de remos.

El anciano suspiró, una lágrima limpia resbaló por su mejilla y caminó hacia la salida.

—¿Se queda allí para siempre? —le susurré al revisor cuando la puerta volvió a cerrarse.

—No —respondió el empleado de la gorra azul mientras picaba el aire con sus tenacillas—. Se queda tres horas. El tiempo justo para abrazarla, pedirle perdón y entender que la nostalgia es solo un poema que el cerebro le escribe a los errores necesarios.

IV. El Último Vagón

A las 04:50, el tren volvió a aminorar el paso frente a una estación pequeña, blanca, con olor a azahar y mar embravecido: Cabo Esperanza.

En el andén, bajo una farola solitaria, una muchacha de veinticinco años con gabardina amarilla leía un libro de poemas apoyada en una maleta de cuero. Era Clara. La Clara de aquel verano en Lisboa en que yo decidí subir al avión de regreso a Madrid en lugar de quedarme a trabajar en la librería del Chiado.

—Esta es su parada, Mateo —dijo el revisor, posando una mano cálida sobre mi hombro—. La puerta está abierta. Puede bajar, cruzar el andén, sentarse a su lado y preguntarle qué libro está leyendo. Viviría treinta y cinco años en una casita blanca frente al Atlántico. Tendrían dos hijas y un jardín de limoneros.

Me acerqué a la portezuela abierta. El viento salado me despeinó el pelo. Mi corazón latía con la fuerza de un motor de vapor.

Di un paso hacia la escalerilla. Miré a la muchacha de la gabardina amarilla. Luego miré mis manos viejas, gastadas por treinta años de oficina, de rutinas grises, pero también de pequeñas victorias solitarias, de cafés compartidos con amigos que en aquella otra vida jamás habría conocido.

Comprendí la trampa del espejo.

—Cierre la puerta, señor revisor —dije con voz serena.

El empleado me miró a los ojos, asintió con un respeto solemne y bajó la palanca de bronce. El silbato sonó una última vez.

A las 05:12 de la mañana, me encontré de nuevo sentado en el banco de piedra del andén trece de la estación central. Amanecía tras las nubes de polución de la ciudad. El primer tren de cercanías entraba rugiendo por la vía dos, lleno de trabajadores adormilados con termos de café.

Tomé mi maletín, respiré el aire frío del nuevo día y, por primera vez en treinta años, caminé hacia la salida sin mirar atrás.

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Fin de la Lectura

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